
El autobús se acercaba al pequeño valle donde haría su siguiente parada, Bluesville. A medida que los pasajeros se internaban en un cómodo tránsito sin baches por la recién reparada carretera, podían empezar a percibir el característico micro-clima de aquel valle y aquella pequeña villa. Nubes y Neblinas eran una cubierta casi eterna.
Para los habitantes de la sombría y húmeda, pero alegre, Bluesville, no les eran habituales los días continuados de sol brillante y cielo azul claro, por eso solían ser recordadas esas pequeñas temporadas esporádicas a lo largo de los años. La última vez que estuvieron dispuesto para recordar ese curioso hecho, “mal tiempo” lo llamaban, fue hace unos cinco años, aunque muchos intentarían olvidarlo. La anterior hacía ya quince años, coincidiendo con una de las mejores cosechas para los agricultores de la zona que se recordaba y con la inauguración del nuevo ayuntamiento. Síntomas del crecimiento de la ciudad que aún persistía, el orgulloso nuevo edificio de Bluesville era una piscina cubierta aclimatada.
Elisabeth miraba, con sus ojos cansados por la horas de viaje, a través de la ventana del autobús, reconocía esos paisajes, estaba volviendo a casa. Se marcho junto con el último “mal tiempo”, a sus once años tuvo que ir a vivir con su abuela a New Orleans. Su corazón emperezo a acelerarse y le costaba respirar más de lo habitual cuando recordaba aquel “mal tiempo”. Elisabeth lo recordaba varias veces al día, pero la visión del valle le traía a su mente los recuerdos más vivamente, le parecía que no habían pasado cinco años y que en cierto modo seguía siendo esa niña alegre y despreocupada.
Hacía ya tres días que Bluesville disfrutaba de días soleados, y se empezaba a hablar de una temporada de “mal tiempo”. Elisabeth pensaba que se podría acostumbrar fácilmente a ese extraño tiempo. Había pasado los dos últimos días yendo a las afueras de bluesville a bañarse junto a muchos niños y adolescentes, que aprovechaban las aguas del río que atravesaba el valle, para refrescarse.
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